Voy a decir algo impopular: la mayoría de los conflictos comerciales que llegan a Clarté no empiezan entre desconocidos. Empiezan entre familiares o amigos. Entre personas que se conocen desde hace años y que, precisamente por esa confianza, creen que no necesitan establecer reglas.
El patrón es tan repetitivo que ya lo veo antes de que me lo cuenten. Dos hermanos deciden emprender juntos. Amigos de toda la vida realizan inversiones en conjunto sin documentarlas. Un tío financia el negocio de su sobrino. Dos compañeros de universidad constituyen una consultora. Todo comienza con entusiasmo, confianza absoluta, un apretón de manos y la idea de que un contrato es innecesario.
Sin embargo, tres o cinco años después, el escenario suele ser el mismo: desacuerdos, reclamos, un proceso judicial costoso, la ruptura de la relación personal, la disolución del negocio y la pérdida de la inversión, del tiempo y del esfuerzo de todos los involucrados.
Este artículo no busca promover la desconfianza hacia la familia o los amigos. Todo lo contrario. Busca explicar cómo proteger esas relaciones mediante reglas claras, acuerdos bien definidos y documentación que hoy puede parecer innecesaria, pero que, cuando surge un conflicto, termina siendo lo único capaz de preservar tanto el patrimonio como la relación entre las partes.
El patrón que veo cada semana
Cuando aparece un cliente con un conflicto entre familiares o amigos, la primera pregunta que hago es siempre la misma: ¿tienen un contrato firmado?
Lo que parecía claro entre dos personas al momento de iniciar un negocio deja de serlo con el paso del tiempo. Tres años después, uno de los socios ha aportado más capital, otro ha asumido una mayor carga de trabajo, alguno incorpora a su pareja al negocio o, simplemente, las condiciones del mercado cambian.
Sin un contrato, cada parte termina reclamando aquello que recuerda haber acordado. Y, al no existir un documento que delimite los derechos y obligaciones de cada uno, las diferencias quedan sujetas a interpretaciones personales.
En ese escenario, el conflicto solo suele tener dos caminos: una negociación asistida, si ambas partes aún están dispuestas a encontrar una solución, o un proceso judicial, cuando la relación ya se ha deteriorado al punto de hacer imposible cualquier acuerdo.
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Un contrato entre familia o amigos no necesita ser un contrato de treinta páginas. Necesita cubrir cinco cosas específicas:
1. Qué aporta cada uno · con detalle
No basta con decir: "los dos aportamos por igual". Los aportes deben definirse con precisión. Es necesario establecer cuánto dinero aporta cada socio, cuál será su dedicación semanal, qué conocimientos o experiencia pondrá al servicio del negocio, qué contactos estratégicos incorpora y qué bienes o activos entrega para el desarrollo de la actividad, como una oficina, vehículos, equipos o computadores.
Tan importante como definir los aportes es prever las consecuencias de su incumplimiento. ¿Qué ocurre si uno de los socios deja de aportar el capital comprometido? ¿Qué sucede si abandona sus funciones durante seis meses o deja de cumplir con la dedicación acordada? Este último aspecto es, con frecuencia, el gran ausente en los acuerdos entre familiares y amigos, y también una de las principales causas de conflicto cuando el negocio deja de funcionar como se esperaba.
2. Cómo se toman decisiones
No todas las decisiones dentro de un negocio tienen la misma importancia y, por ello, no todas deberían someterse al mismo procedimiento.
Las decisiones cotidianas pueden ser adoptadas por cualquiera de los socios en el ámbito de sus funciones. Sin embargo, aquellas que impliquen compromisos económicos superiores a un monto previamente acordado, por ejemplo, USD 3.000 en el caso de pequeñas y medianas empresas, deberían requerir la consulta y aprobación de cada una de las partes. Las decisiones estructurales, como la contratación de personal permanente, el cambio de domicilio del negocio, la adquisición de financiamiento o cualquier otra que comprometa el rumbo de la empresa, deberían adoptarse únicamente mediante un acuerdo expreso y por escrito.
Lo importante no es el monto específico ni el mecanismo elegido, sino que las reglas queden definidas desde el inicio. Ninguna de estas decisiones debería quedar sujeta a interpretaciones o depender exclusivamente de la confianza entre las partes.
3. Cómo se distribuyen las utilidades
Definir el porcentaje es fácil. Lo difícil es definir cuándo se distribuyen (mensual, semestral, anual), qué porcentaje de utilidad se reinvierte automáticamente antes de distribuir, y qué pasa con las utilidades acumuladas si uno de los socios quiere salir.
Sin esa definición, la primera diferencia sobre reparto de utilidades se convierte casi siempre en la primera pelea seria del negocio. Y esa pelea, entre familiares o amigos, rara vez vuelve al punto anterior.
4. Cómo se sale del negocio
Esta es, probablemente, la cláusula que nadie quiere discutir al momento de iniciar un negocio y la que todos terminan necesitando cuando la relación llega a su fin.
Un buen acuerdo debe prever cómo se producirá la salida de cualquiera de las partes. No basta con establecer que "se pondrán de acuerdo" llegado el momento. Es indispensable definir una fórmula objetiva para valorar el negocio y determinar el precio de la participación, el plazo y la forma en que se realizará el pago a la parte que se retira, y el tratamiento de las decisiones o compromisos que queden pendientes al momento de la salida.
Cuando estas reglas no existen, la salida de un socio deja de ser una transición ordenada y se convierte, con frecuencia, en el conflicto más costoso de toda la vida del negocio.
5. Cómo se resuelven los conflictos
Es precisamente en este punto donde suelen fallar la mayoría de los acuerdos celebrados entre familiares o amigos. La cláusula habitual se limita a señalar que "las controversias se resolverán por la vía legal correspondiente", pero esa disposición no previene el conflicto ni ofrece un mecanismo para solucionarlo de manera eficiente.
Una cláusula bien estructurada debería establecer un procedimiento escalonado. En primer lugar, un período de negociación directa entre las partes, por ejemplo, de treinta días. Si no se alcanza un acuerdo, someter la controversia a un proceso de mediación ante un centro debidamente acreditado. Solo si esas instancias fracasan, el conflicto debería trasladarse a la vía judicial o arbitral, según la naturaleza del negocio y la cuantía involucrada.
Definir de antemano cómo se resolverán las diferencias no elimina los conflictos, pero sí reduce significativamente sus costos, evita decisiones impulsivas y aumenta las posibilidades de preservar la relación entre las partes.
"Un contrato es la conversación que las partes tienen cuando todavía están de acuerdo. Sin ese documento, esa misma conversación tendrá lugar cuando ya exista un conflicto, la relación esté desgastada y cada parte tenga una versión distinta de lo que considera justo."
Por qué el contrato protege la relación, no la debilita
El argumento que más escucho cuando recomiendo formalizar un acuerdo entre familiares o amigos es siempre el mismo: "Si le pido que firme un contrato, va a pensar que no confío en él". Es una preocupación comprensible, pero parte de una premisa equivocada.
Un contrato no significa desconfianza. Al contrario, significa que la relación es lo suficientemente valiosa como para protegerla frente a situaciones que ninguno de los dos puede prever. Los negocios cambian, los mercados evolucionan, pueden surgir problemas de salud, aparecer nuevos inversionistas, presentarse una oferta de compra o, simplemente, los socios pueden dejar de compartir la misma visión sobre el rumbo de la empresa.
Un contrato es la conversación que las partes tienen cuando todavía están de acuerdo. Sin ese documento, esa misma conversación tendrá lugar cuando ya exista un conflicto, la relación esté desgastada y cada parte tenga una versión distinta de lo que considera justo.
Cómo iniciar la conversación sin ofender
En la práctica, el momento más difícil no es redactar el contrato. Es abrir la conversación. Estas son tres frases que funcionan cuando la relación es cercana:
- "Justamente porque somos familia, quiero cuidar la relación con reglas claras desde el inicio."
- "Si esto fuera un negocio con un desconocido, firmaríamos un contrato. Merecemos protegernos igual o mejor."
- "Prefiero tener la conversación difícil hoy, cuando estamos bien, que dentro de tres años cuando ya no lo estemos."
La otra parte casi siempre agradece la propuesta cuando se plantea desde ahí. Nadie firma contratos porque desconfía. Se firman porque las relaciones valiosas se protegen.
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Agendar diagnósticoAntonio Sepúlveda es Abogado especialista en Derecho Corporativo de Grupo Clarté. Acompaña a Pymes ecuatorianas en estructuración societaria, contratos entre socios y resolución de conflictos entre partes con vínculo personal.
